LA MAESTRA ARTÍSTICA. Por Yolanda Navarro

Se dice que los niños aprenden por imitación. Aquello que ven, aquello que hacen. Cuando un artista da sus primeros pasos el aprendizaje no es muy diferente. El artista neófito, necesita un referente, un modelo, una figura que le sirva como patrón a imitar. Por esto en los inicios, de forma más o menos consciente, cada uno elige sus propios padres artísticos.

En teatro esa primera influencia necesaria puede ser un maestro con quien se trabaja diariamente, alguien que te habla en un libro, la obra especialmente estimulante de un creador o, incluso, alguien sin relación con el arte que te sigue y aconseja desde la distancia. En mi caso es una madre y tiene un nombre Yolanda (para mí Yolanda la Monja, aunque a ella se que aún no molestándola el sobrenombre, tampoco la hace mucha gracia).

En la primera etapa de todo creador, por tanto, conviven generalmente dos circunstancias. Por un lado, la necesidad de imitar al mentor. Esta imitación que, como la del niño, se da por inercia, como una especie de reverencia artística hacia quien te enseñó y que evidencia tu gratitud hacia él. Recuerdo con agrado los gestos tan característicos de las manos de Yolanda cuando quería transmitirnos la belleza del movimiento. Incluso cuando yo buscaba romper radicalmente con las líneas trazadas por ella, en un principio me resultaba inevitable hacer seguidismo de sus propuestas y maneras. Por otro lado, está la pasión irracional que se prende en toda aventura incipiente, esa mezcla entre ignorancia y valentía que ya aportas tú, que ya aporto yo.

Yolanda insuflaba la pasión y, al mismo tiempo, yo sentía pasión por llegar allí donde llegaba ella. Decroux, refiriéndose a su mentor, expresó así este encantamiento: “Copeau nos había iluminado tanto que quienes le dejaban se llevaban el fuego consigo”.

Sin embargo, esa llama de la que habla Decroux no permanece para siempre. Llegado un momento uno debe caminar a solas, dejar de lado lo que decía otro para hablar por sí mismo y convertir toda influencia en un flujo creativo sólo propio. De lo contrario, la sola imitación convertirá la pasión en tedio o anulará paulatinamente la personalidad del artista. Con el tiempo el fuego prestado o se apaga o te acaba calcinando.

Llegado un momento hay que matar al maestro. Acallar por un momento su voz y en ese silencio que susurra vértigo, preguntarse: ¿Y yo…? ¿Qué haría yo en estas circunstancias? Hay que entender que una apuesta propia, aunque fallida, es un error menor que apropiarse de una propuesta ajena. Se trata de dar la espalda a lo conocido y mirar de frente a lo inédito, sin que ello suene a desplante o a despecho. En otras palabras: traicionar sutilmente al maestro, de tal manera que el traicionado lo considere un agradecimiento.

Gracias Yolanda.

Escrito por Redaccion, el Miercoles, 16 de Junio 2010

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